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domingo, 18 de mayo de 2014

¡Y por fin llegó la primavera! En el jardín y en mi corazoncito.

Queridos amigos, sí, estoy viva. No sé muy bien cómo lo he logrado pero lo he conseguido. Al final el cuento campestre se fue desarrollando de forma satisfactoria. Me dediqué a trabajar, no bajo palio pero sí bajo diluvio, y se me pasó volando una de los momentos climáticos más duros de mi vida.
Ahora, tras ese bautismo de agua, lluvia y viento, puedo decir con la certeza de no equivocarme, que estoy absolutamente absorbida, y más bien, empapada, por la cultura de la zona, por la vida del campo y por la idiosincrasia de la tierra gallega. Si ya antes quien hablaba conmigo nunca sabía si iba o si venía, ahora os aseguro que no hay forma de conseguir saber a dónde voy en realidad. 

Así de digna con mi empanada gallega. ¿Voy? ¿Vengo? ¡Quién lo sabe! 
Aunque mis raíces gallegas siempre estuvieron ahí pero en estado latente, por fin la cosa ha germinado y ahora está comenzando a brotar una planta carnívora que deglute todo lo que encuentra a su paso y que además se lo pasa pipa con ello.
Pero volvamos a mi vida en el campo. Tengo que decir, que no he cambiado tanto. Me he pasado el invierno vestida de hombre por exigencias del guión y ahora que el sol asoma en lontananza, me planto unos buenos taconazos a la menor ocasión. ¡No puedo evitarlo! No sólo me sirven para sujetar mi cuerpo sino también para sustentar un hilillo de feminidad que, gracias a Dios, no me quitan ni con sacho.

Jimmy Choo y Sylvie adaptándose a la vida del campo. Las manchas de las piernas son picotazos de insectos y no, no estoy como Dios me trajo al mundo. Abstenerse fantasiosos. 

Pero venir aquí no me ha hecho olvidar a mis amigos, ¡Eso nunca! Sigo unida especialmente a uno llamado Estrés. Estrés sigue conmigo y hasta me atrevería a decir que es mi amigo más fiel. Estrés viaja a donde yo voy, no se separa de mí en ningún momento y no hay forma de quitárselo de encima, hablando en plata. Vivía con él en Madrid y nunca hubiera imaginado que quisiera venir conmigo a Galicia. Yo pensaba que era urbanita convencido. El caso es que vino y se adaptó estupendamente, ¡casi mejor que yo! He estado pensando hacer un viaje para separarme de él unos días y así descubrir si le echo de menos, un pequeño refrigerio en la pareja nunca viene mal. Pero el muy puñetero, no sé cómo, se ha enterado de todo y ya se ha apuntado al embarque. En fin, en la actualidad Estrés y yo vivimos bastante felices juntos pero qué queréis que os diga, algún día me gustaría probar a vivir sin él. 

Mis amigos me preguntan que qué hago todo el día aquí. No lo sé, yo sólo sé que estoy con Estrés. Y él conmigo, por supuesto.

Otro de mis mejores amigos aquí es el Sector Arácnido. Si tienes aracnofobia, el campo no es lo tuyo. No insistas porque aquí tienes que aprender a convivir con estas bolitas con patas altamente peligrosas. Palabra de ronchón. Aunque sé que matar a una araña no da buenos augurios, no hay más remedio. Yo ya tengo acumulados siglos de desgracias para mí y para toda mi familia pero, repito, no hay tutía. A mí me gustaría, recogerlas y volver a echarlas al campo con un grácil y suave golpecito en su abultado abdomen pero no es fácil. No paran de moverse. Existe posibilidad de picotazo. Siempre querrán volver a tu guarida y empegotarla con su tela. Y por último, ¡uf! Ya me cuesta reciclar envases, vidrio, pilas, papel, medicamentos... como para ponerme a reciclar arañas.

Es la Ley de la Selva. O ellas o tú.

Aún así, todavía hay clases. Mucho mejor encontrarse ésto que una escolopendra, como la que tenía el otro día al lado de la cama. Ésas corretean como locas y aunque las pises, continúan moviéndose y luchando cada trozo por sobrevivir. Una abominable visión que mi cerebro no tiene manera de borrar ya que, cada cierto tiempo, la vuelvo a experimentar. Omito imagen para no herir sensibilidades.
Sin más, me despido desde el paraíso animado del Jardín de La Saleta. Procuraré volver lo antes posible por estos lares y no dejaros solos tanto tiempo.
¡Hasta la próxima e infinidad de besos!

Sylvie Tartán.

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